Creo
deber a Guillermo Cabrera Infante y su devoción por la pulp fiction de Mickey Spillane/Robert
Aldrich el perturbador goce, ya por segunda ocasión, de una de las aventuras
más intrigantes, misteriosas y terroríficas del cine negro; aunque es posible
que haya entrado en contacto con sus ensayos al respecto después de mi
visionado original de una grabación en VHS del cable. De todas maneras, Ralph
Meeker, tan sensitivo ahora como arquetípicamente hard-boiled me pareció la primera vez, se sumerge en uno de
los universos más sorprendentes jamás concebidos al interior de un género con
ejemplos tan prestigiosos e inolvidables como Out of the Past y ambas versiones
de The Killers. La inventiva camarográfica --esas tomas en primera persona que
transmiten la tensión de Mike Hammer al volante, aquellas numerosas de las
extremidades inferiores de los gangsters o de la Christina encarnada por
Cloris Leachman casi cuales fetiches anti-buñuelianos (la erótica figura de Leachman no obstante)-- y el clima malsano que
se respira con claustrofóbica desesperanza en los espacios más abiertos y
prosaicos definen los rasgos de una trama nebulosa que va a perderse más aun en
la metafísica y el exterminio. Nihilista, misógina, cruda, reveladora, pero sin
embargo vista hoy desde fuera (como recomendaría el Baskerville de Eco) de la
América paranoica de la Guerra Fría, Kiss Me Deadly es una de esas obras que
--como Rebel Without a Cause, del mismo 1955-- ha crecido en riqueza de significaciones
e interés, convirtiéndose en casi otra película, una que, en su inspiración
fílmica y restauración oportuna, se muestra literalmente tan importante,
secreta e inconcebible cual halcón maltés transido y transformado en maleta deslumbrante,
abrasadora, lovecraftiana. Comprendamos a la mujer de Lot y revisemos,
celebremos, pues, a través de la mirada compulsiva y fecundamente
autodestructiva, uno de los relatos mitológicos del
celuloide.
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viernes, 5 de octubre de 2012
sábado, 1 de enero de 2011
A propósito de Kansas City Confidential (1952)

Esta muestra de film noir pertenece a la línea de títulos tan imprescindibles como The Killing (1956) o la descendiente legítima de éste, Reservoir Dogs (1992): es cine de atracos, de ladrones cuyas pretensiones los exceden, de ilusos perdedores --en fin. Ciertamente, Tarantino consigna esta intriga de corrupción y falsas identidades entre sus favoritas, y sus huellas pueden guiarnos a los preparativos del asalto o a la interacción de los personajes en Dogs. Pero eso también se halla en la obra maestra de Kubrick; tan perfecta que aun ostenta su propia femme fatale en este subgénero que suele ningunear a las arpías y a las vírgenes por igual.
Los filmes que estamos tratando --específicamente, lo cual nos prohíbe tocar obras sui géneris como The Pope of Greenwich Village-- imponen su misoginia por omisión. El suyo es un mundo sin mujeres --cuando éstas no son Eva y la manzana sino la misma Serpiente en Double Indemnity o Detour. No debe comprenderse literalmente la inexistencia femenina a que me refiero; sin embargo, sucede que, por ejemplo, ni la novia de Sterling Hayden (en la fundacional The Asphalt Jungle, de 1950, o la propia The Killing) ni la mujer que dispara al estómago de Mr. Orange (Tim Roth) parecen ser figuras realmente influyentes o presencias consustanciales a la trama, más allá de su posición funcional o estratégica. Luego, los antihéroes en las películas de atracos se tornan más duros, menos complicados que sus enamorados compañeros de género pero menos estúpidos también. El sexo es alejado de la palestra por el dinero o el deseo de éste. La lujuria sustituida por un rigor igualmente obsesivo.
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