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sábado, 5 de enero de 2013

Reivindicación de un clásico: Somebody Up There Likes Me (1956)


La primera gran película de uno de los mejores actores del cine es también la primera versión de una historia que después sería argumento de otra excelente película, una que no necesita presentación: Rocky (1976). Ambas se hallan en estado germinal dentro de aquella obra maestra del arte cinematográfico llamada On the Waterfront (1954).

Se trata además de la víctima de un olvido injustificable, la responsabilidad del cual debe ser compartida por historiadores y aficionados por igual. Lo más curioso es que la génesis misma de Marcado por el odio o El estigma del arroyo --sus poéticos títulos alternativos en Hispanoamérica-- está hecha de esos eventos que forman la dieta de las efemérides:

_ Primera cinta oficial de Newman, tras un desastroso debut en una "de romanos" (The Silver Chalice).

_ Primera aparición de otra estrella del Actors Studio en el ecran: Steve McQueen, nada menos.

_ Primero de los papeles heredados por Newman de James Dean. 

(Iniciamos el artículo hablando de primicias, y todavía lo estamos haciendo.)

A cargo de la realización, Robert Wise se supera a sí mismo, logrando una visión más compleja y emotiva del ambiente boxístico que en la clásica The Set-Up (1949). Newman es el virtuoso solista de este concierto romántico y realista, el temperamental intérprete de sus notas principales, en una ejecución irreprochable en su rigurosa exuberancia. Secundado por un reparto de veteranos (Everett Sloane, Eileen Heckart) y nuevos valores (Pier Angeli, Sal Mineo, Robert Loggia), todos a la altura de las circunstancias; fotografiado por Joseph Ruttenberg como el maestro Boris Kaufman había hecho con Brando; y bordando uno de sus más memorables perdedores, héroe de una tragicomedia de acentos inevitablemente kazanianos, el Rocky Graziano de Newman se merece una cierta prioridad en la revisión del medio.

domingo, 22 de enero de 2012

Gánsters y padres


Road to Perdition (2002) fue la película que el británico Sam Mendes dirigió a continuación de su triunfal debut en 1999, American Beauty. Es, pues, una producción que interesó y provocó expectativas con una anticipación y una intensidad poco ordinarias. Cuando finalmente vio la luz de las marquesinas, constituyó una gran decepción para unos y la confirmación de un verdadero talento para otros; no logró, por cierto, la impresión casi unánime de "obra maestra" que sí logró su ópera prima. Ahora, la verdad es que Road to Perdition es tan buena como American Beauty, y a nosotros incluso nos parece mejor en algún nivel.

No sólo la tan justamente alabada fotografía tenebrista debe considerarse lo más notable, sino también otros aspectos menos evidentes. Ésta es una obra íntima, pese a que pueda parecer contradictorio decirlo (aunque el intimismo al que me estoy refiriendo sea connatural al claroscuro nada superficial del filme); sin embargo, Road to Perdition es una cinta de gangsters, una historia de violencia más preocupada por la psicología ocasionalmente demasiado esquiva de sus protagonistas que por la épica o la violencia originarias de la historieta que le ha servido de material de base. El director también mejora aquí su aprovechamiento de la materia prima actoral: aquel monstruo sagrado que fue Paul Newman, y el demasiado frecuentemente subestimado Tom Hanks, dos intérpretes que nadie asocia precisamente con personajes criminales, resultan ideales en esta versión de un género americano por antonomasia.


Mendes --inicialmente un consagrado director de teatro-- aparece más seguro aún en su planteamiento narrativo, en su estilo cinematográfico. Los conflictos paterno-filiales (especialmente entre Newman y Daniel Craig) afloran naturalmente y marcan la pauta de lo que vemos en pantalla, por lo que su sentido del fatum no fuerza los eventos mecánicamente: recordemos que Road to Perdition está contada en un flashback que dura casi todo lo que su metraje. El recuerdo o la memoria pertenece al hijo superviviente de Michael Sullivan (Hanks), luego debe de estar teñida con los colores de una rara nostalgia y la impotencia frente a un destino implacable, otra vez inexorable. Algo que ya es parte de su pasado, aunque el tiempo del cine lo devuelva al presente con el terrible halo de una de esas placas que produce el siniestro, corroído Harlen Maguire (Jude Law).