La cámara prodigiosa de Karl Freund y
el aliento poético de F. W. Murnau al servicio --si acaso involuntariamente--
del lucimiento absoluto de las dotes histriónicas del titán de las pantallas
germanas, Emil Jannings, en uno de los trabajos actorales de más hondura y peso
dramático de que se precia la historia del cinema. Con hipnótica presencia y
desenvuelta sutileza, Jannings (entonces de sólo 45 años) encarna al orgulloso
portero de un hotel de lujo que, de la noche a la mañana, y debido a su
avanzada edad, es casi despedido para ser enviado más bien a limpiar las
letrinas y asistir a sus usuarios. El virtualmente militar uniforme de portero,
con sus grandes hombreras y brillantes botones, será una sombra del héroe, una
protagonista inanimada que, como un emblema pero también como una crisálida,
señalará el cambio, el instante de la tragedia que así remata, cual agónica
letanía, la más ordinaria e ilusa de las vidas… ¿O no? Se trata de un patetismo
bordado en oro, como un puente entre dos orillas, en una labor que además nos
legó al inolvidable Profesor Unrat de Der blaue Engel (1930) y al oficial en
decadencia de The Last Command (1928) --en ambas, significativamente, Jannings fue
dirigido por Josef von Sternberg, creador no de la presencia umbría de
Nosferatu pero sí de la tentación carnosa de Lola Lola: Marlene Dietrich. 5/5
viernes, 17 de abril de 2015
sábado, 7 de marzo de 2015
Héroes del silencio: Safety Last! (1923)
Más que mera comedia física, la que solían
practicar genios silentes como Buster Keaton debería ser puntualmente llamada
comedia atlética; por ejemplo, en Seven
Chances (1925), una virtual reedición extendida de su insuperable Cops
(1922), el archirival de Charlie Chaplin brinca a través de locuaces abismos y
huye de la codiciosa fauna femenina de todo un pueblo con la capacidad y
concentración de un sobrehumano corredor de fondo. Menos expresivo que el
inescrutable Keaton en su ordinario candor de all-American boy, Harold Lloyd no
puede ser subestimado, como lo demuestra su ejercicio de comedia atlética
emblemático, no por nada intitulado en español El hombre mosca. Persiguiendo
un soñado porvenir, Harold tendrá la fortuita oportunidad de escalar la fachada
del edificio de departamentos en el cual trabaja como un simple ayudante de
mostrador y de esta manera convertir en realidad el simulacro de éxito con que
ha persuadido a su definitivamente ingenua y poco menos que adorable novia (Mildred Davis, the Lloyd Girl). La histórica escena del héroe pendiendo frágilmente de un reloj es sólo
el momento culminante de un film tocado por la intemporalidad exclusiva de los
clásicos.
viernes, 6 de febrero de 2015
Sobre lo interior: La buena estrella (1997)
El sutilmente prodigioso filme de
Ricardo Franco se abre como lo hacía La semana del asesino (1973): con el espeluznante
escenario de una matanza o matadero de reses; pero pronto se desviará de
cualquier tópico macabro --aunque la reivindicable obra de Eloy de la Iglesia
trazaba así una genial parábola de la maldad-- tratado superficialmente (i.e.,
¿por qué me va a interesar una película cuyos sufridos personajes muestran
tamaña indiferencia ante la injusticia cometida contra esas inocentes
criaturas?, no importa si yo mismo me embuto un seco de cabrito un día sí y
otro también) ya que éste es el camino que suelen transitar las películas
inspiradas en los más abismales posos de la insensibilidad humana. Más bien,
después de que llegamos a un cierto punto, acertamos en adivinar que La buena
estrella es sobre todo un drama interior, en el cual los tres protagonistas no
podrán evitar enseñarnos de qué están hechos en todas sus aristas y
dimensiones.
Por esto, la tragedia quieta, estoica,
pero visceralmente desgarrada, como una vaca en un matadero, del noble
carnicero Rafa (Antonio Resines), la prostituta tuerta Marina (Maribel Verdú) y
el singularmente encantador pandillero Dani (Jordi Mollà), los ángulos
indispensables de un ménage à trois tan impensable como revelador, logra dar en
el blanco de todas las regiones a que apunta: la compasión, la solidaridad y la
fe del espectador, entre ellas. Al cabo de una experiencia vital, lo sentimos,
durante la cual hemos estado tan cerca de estos personajes, de estas personas,
virtualmente, que hemos podido descubrir en ellos aquellas precisas cosas
nebulosas que nos provocan aun pavor e inusitada admiración en nosotros mismos,
que los hemos conocido y llegado a querer como a poca gente de la realidad
circundante, recordamos por qué el cine es un arte infrecuente capaz de sumar
más humanidad a la que poseemos y, encima, una privilegiada consciencia de
ella. La buena estrella es una película de técnica sobria y espíritu superior
que mira con objetividad resignada la manera terrible y natural, suave y
conflictiva en que la noche y el día procrean, en su inextricable devenir
circular, el mundo. 5/5
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viernes, 16 de enero de 2015
Mis películas favoritas por estos primeros días del venturoso 2015
1. American
Gigolo (Paul Schrader, 1980)
2. 12
Angry Men (Sidney Lumet, 1957)
3. Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)
4. The Karate Kid (John G. Avildsen, 1984)
5. The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988)
sábado, 13 de diciembre de 2014
Tennessee Williams va al cine: Summer and Smoke (1961)
Una olvidada
obra maestra, poseedora de casi --casi-- tanta profundidad y poesía como las
gatas y los tranvías de su canónico autor, sirvió de base
a esta recordada adaptación con Laurence Harvey en, acaso, su rol más
emblemático --el Embajador del Miedo aparte. La relación de desencuentros entre
el crápula heredero del médico local y una solitaria solterona (Geraldine Page,
la Alexandra Del Lago de Sweet Bird of Youth, en otra profesional, aunque nada glamourosa,
interpretación) ilustra el esotérico tema williamsiano del binario materia/espíritu
mientras es alimentado por otros igual de recurrentes --y decadentes: la pérdida
de la juventud, las segundas oportunidades que nunca llegan, la atracción de la
virtud hacia lo efímero, el triunfo de la carne, la mortalidad del amor. La
película consigue momentos de innegable belleza --la fotografía es de Charles
Lang, DP en la esencial One-Eyed Jacks, del mismo año--, pero el guión es
tedioso y estático a pesar de sus esfuerzos por “abrir” la pieza (¿dónde estaba
el inimitable Kazan cuando necesitaban su consejo?), y la dirección ramplona y
carente de imaginación (estaba en el set de Splendor in the Grass) --noten los
brochazos caricaturales en el diseño de Rita Moreno, su basto progenitor y las
consecuencias fatales de su “orgía romana” en general. No obstante, las tablas
de Page, la figura de Harvey y, sobre todo, el arte de Williams hacen obligatorio
su visionado.3/5
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sábado, 22 de noviembre de 2014
Kazan, la adolescencia y el cine: Crime in the Streets (1956)
Durante el auge de las llamadas JD movies --las iniciales son por Juvenile Delinquents, pero perfectamente podrían
serlo por Jimmy Dean-- gracias a Brando en The Wild One (1953) y, muy especialmente, el
éxito y consagración definitiva de toda una sensibilidad generacional debidos a
Rebel Without a Cause (1955) (realizada por Nicholas Ray, primer heredero de Elia
Kazan), la Metro produjo uno de sus films menos típicos y más socialmente comprometidos,
en una tradición que se puede rastrear hasta películas como Dead End (1937) y que tenía
ejemplos tan originales y recientes como Dino, estelarizada también por el
emblemático Sal Mineo --sin olvidar, claro, el fresco y visceral impacto de
Blackboard Jungle, del también kazaniano Richard Brooks, que empezó a borrar las
insuficientes cuitas de Andy Hardy como el púber marcado en el ecran. Sin permanecer en el ángulo paternalista de Jungle --algo perfectamente aceptable, y compartido por films didácticos de valor como Boy with a Knife--, Crime in the Streets asume la postura (desgarbada, a lo Dean) de Rebel, pero esquivando holgadamente las bajuras éticas de tantas JD movies desde entonces, que no eran sino cine sensacionalista, de explotación.
En esta oportunidad, la realización
corre a cargo de uno de los artistas más técnicamente prodigiosos del cine, Don
Siegel, y en el reparto podemos encontrar a Mineo, Mark Rydell y a James
Whitmore, el actor y profesor de actuación que alguna vez fue mentor de Dean --no como Lee Strasberg, que mucho menos enseñó nada a Brando. Haciendo
su debut en el rol protagónico, John Cassavetes lleva a cabo una asombrosa
interpretación rebosante de rabia y dolor adolescente, algo que de cierta
manera (en su brandiana raigambre poética) prolongó en Edge of the City (1957), el
debut directorial de Martin Ritt propiamente al estilo de On the Waterfront. Como
el mejor actor de la historia --y es inevitable imaginarse lo que habría hecho
su primer émulo, el inmortal Jimmy, en un personaje cortado a su medida-- bajo la
dirección del inimitable maestro Kazan, Cassavetes logra acaso algunos de los
momentos de sublimidad más humanos en una pieza dramática (escrita por Reginald
Rose, el autor de Twelve Angry Men), guiada con pulso firme por el director de
Dirty Harry y Charley Varrick, que se inscribe dentro de un subgénero
privilegiado e irrepetible, cuyos orígenes están en el nacimiento mismo de la
revolución actoral en el cinematógrafo, como podrán confirmar los lectores que
(re)visiten la prueba de cámara de Brando para el proyecto Rebel Without a Cause
rescatada en la última edición de A Streetcar Named Desire. 5/5
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lunes, 10 de noviembre de 2014
Kazan, actor de cine: Blues in the Night (1941)
La otra
película que el mejor director de actores en la historia del teatro y del cine
estrenó como intérprete secundario, mientras seguía con el Group Theater y diez
años antes de llevar su revolución del arte dramático al celuloide con A Streetcar Named Desire, fue este negro melodrama acerca de una banda de
talentosos jazzistas en pos de sus sueños allá por los años de la Gran Depresión.
Betty Field, una Ann Sheridan corrompida por Ann Savage, es
la arpía que --oh sorpresa-- envolverá al moralmente sobrio líder (Richard Whorf) y a un
antiguo amante fugitivo de la justicia (Lloyd Nolan en casi bogartesco
desempeño) en un triángulo pasional de predecibles resultados, pero que, como
en otras muestras del género --se nos viene a la mente la insuperable Possessed (1947),
por ejemplo--, constituye una lúcida e implacable, directa y devastadoramente
simple mirada sobre la esencia del amor romántico. Priscilla Lane es Character,
la virginalmente atractiva cantante de la banda, casada con (y embarazada de) Jack
Carson (¡!), el virtuoso trompetista. El joven y entusiasta Elia, en
característico estado de exaltación, es el melómano estudiante de Leyes que idea
la formación y proyecta sus triunfos, …y toca el clarinete tan
satisfactoriamente como realiza su rol; pese a su mucho más prolongado tiempo y
espacio en pantalla --todo un lujo para sus admiradores--, no obstante, todavía
lo preferimos como el intenso, revanchista gangster de la también musical City
for Conquest, aunque el intrigante film que acabamos de comentar, también de Anatole Litvak, en su más limitada ambición,
sea acaso más equilibrado. No por nada Don Siegel echó una mano en la edición.
4/5
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