viernes, 17 de abril de 2015

Héroes del silencio: Emil Jannings (y F. W. Murnau y Karl Freund) en Der letzte Mann (1924)


La cámara prodigiosa de Karl Freund y el aliento poético de F. W. Murnau al servicio --si acaso involuntariamente-- del lucimiento absoluto de las dotes histriónicas del titán de las pantallas germanas, Emil Jannings, en uno de los trabajos actorales de más hondura y peso dramático de que se precia la historia del cinema. Con hipnótica presencia y desenvuelta sutileza, Jannings (entonces de sólo 45 años) encarna al orgulloso portero de un hotel de lujo que, de la noche a la mañana, y debido a su avanzada edad, es casi despedido para ser enviado más bien a limpiar las letrinas y asistir a sus usuarios. El virtualmente militar uniforme de portero, con sus grandes hombreras y brillantes botones, será una sombra del héroe, una protagonista inanimada que, como un emblema pero también como una crisálida, señalará el cambio, el instante de la tragedia que así remata, cual agónica letanía, la más ordinaria e ilusa de las vidas… ¿O no? Se trata de un patetismo bordado en oro, como un puente entre dos orillas, en una labor que además nos legó al inolvidable Profesor Unrat de Der blaue Engel (1930) y al oficial en decadencia de The Last Command (1928) --en ambas, significativamente, Jannings fue dirigido por Josef von Sternberg, creador no de la presencia umbría de Nosferatu pero sí de la tentación carnosa de Lola Lola: Marlene Dietrich. 5/5

sábado, 7 de marzo de 2015

Héroes del silencio: Safety Last! (1923)


Más que mera comedia física, la que solían practicar genios silentes como Buster Keaton debería ser puntualmente llamada comedia atlética; por ejemplo, en Seven Chances (1925), una virtual reedición extendida de su insuperable Cops (1922), el archirival de Charlie Chaplin brinca a través de locuaces abismos y huye de la codiciosa fauna femenina de todo un pueblo con la capacidad y concentración de un sobrehumano corredor de fondo. Menos expresivo que el inescrutable Keaton en su ordinario candor de all-American boy, Harold Lloyd no puede ser subestimado, como lo demuestra su ejercicio de comedia atlética emblemático, no por nada intitulado en español El hombre mosca. Persiguiendo un soñado porvenir, Harold tendrá la fortuita oportunidad de escalar la fachada del edificio de departamentos en el cual trabaja como un simple ayudante de mostrador y de esta manera convertir en realidad el simulacro de éxito con que ha persuadido a su definitivamente ingenua y poco menos que adorable novia (Mildred Davis, the Lloyd Girl). La histórica escena del héroe pendiendo frágilmente de un reloj es sólo el momento culminante de un film tocado por la intemporalidad exclusiva de los clásicos.

viernes, 6 de febrero de 2015

Sobre lo interior: La buena estrella (1997)


El sutilmente prodigioso filme de Ricardo Franco se abre como lo hacía La semana del asesino (1973): con el espeluznante escenario de una matanza o matadero de reses; pero pronto se desviará de cualquier tópico macabro --aunque la reivindicable obra de Eloy de la Iglesia trazaba así una genial parábola de la maldad-- tratado superficialmente (i.e., ¿por qué me va a interesar una película cuyos sufridos personajes muestran tamaña indiferencia ante la injusticia cometida contra esas inocentes criaturas?, no importa si yo mismo me embuto un seco de cabrito un día sí y otro también) ya que éste es el camino que suelen transitar las películas inspiradas en los más abismales posos de la insensibilidad humana. Más bien, después de que llegamos a un cierto punto, acertamos en adivinar que La buena estrella es sobre todo un drama interior, en el cual los tres protagonistas no podrán evitar enseñarnos de qué están hechos en todas sus aristas y dimensiones.


Por esto, la tragedia quieta, estoica, pero visceralmente desgarrada, como una vaca en un matadero, del noble carnicero Rafa (Antonio Resines), la prostituta tuerta Marina (Maribel Verdú) y el singularmente encantador pandillero Dani (Jordi Mollà), los ángulos indispensables de un ménage à trois tan impensable como revelador, logra dar en el blanco de todas las regiones a que apunta: la compasión, la solidaridad y la fe del espectador, entre ellas. Al cabo de una experiencia vital, lo sentimos, durante la cual hemos estado tan cerca de estos personajes, de estas personas, virtualmente, que hemos podido descubrir en ellos aquellas precisas cosas nebulosas que nos provocan aun pavor e inusitada admiración en nosotros mismos, que los hemos conocido y llegado a querer como a poca gente de la realidad circundante, recordamos por qué el cine es un arte infrecuente capaz de sumar más humanidad a la que poseemos y, encima, una privilegiada consciencia de ella. La buena estrella es una película de técnica sobria y espíritu superior que mira con objetividad resignada la manera terrible y natural, suave y conflictiva en que la noche y el día procrean, en su inextricable devenir circular, el mundo. 5/5


viernes, 16 de enero de 2015

Mis películas favoritas por estos primeros días del venturoso 2015

1.       American Gigolo (Paul Schrader, 1980)

2.    12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957)

3.    Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)

4.    The Karate Kid (John G. Avildsen, 1984)

5.    The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988)

sábado, 13 de diciembre de 2014

Tennessee Williams va al cine: Summer and Smoke (1961)


Una olvidada obra maestra, poseedora de casi --casi-- tanta profundidad y poesía como las gatas y los tranvías de su canónico autor, sirvió de base a esta recordada adaptación con Laurence Harvey en, acaso, su rol más emblemático --el Embajador del Miedo aparte. La relación de desencuentros entre el crápula heredero del médico local y una solitaria solterona (Geraldine Page, la Alexandra Del Lago de Sweet Bird of Youth, en otra profesional, aunque nada glamourosa, interpretación) ilustra el esotérico tema williamsiano del binario materia/espíritu mientras es alimentado por otros igual de recurrentes --y decadentes: la pérdida de la juventud, las segundas oportunidades que nunca llegan, la atracción de la virtud hacia lo efímero, el triunfo de la carne, la mortalidad del amor. La película consigue momentos de innegable belleza --la fotografía es de Charles Lang, DP en la esencial One-Eyed Jacks, del mismo año--, pero el guión es tedioso y estático a pesar de sus esfuerzos por “abrir” la pieza (¿dónde estaba el inimitable Kazan cuando necesitaban su consejo?), y la dirección ramplona y carente de imaginación (estaba en el set de Splendor in the Grass) --noten los brochazos caricaturales en el diseño de Rita Moreno, su basto progenitor y las consecuencias fatales de su “orgía romana” en general. No obstante, las tablas de Page, la figura de Harvey y, sobre todo, el arte de Williams hacen obligatorio su visionado.3/5

sábado, 22 de noviembre de 2014

Kazan, la adolescencia y el cine: Crime in the Streets (1956)


Durante el auge de las llamadas JD movies --las iniciales son por Juvenile Delinquents, pero perfectamente podrían serlo por Jimmy Dean-- gracias a Brando en The Wild One (1953) y, muy especialmente, el éxito y consagración definitiva de toda una sensibilidad generacional debidos a Rebel Without a Cause (1955) (realizada por Nicholas Ray, primer heredero de Elia Kazan), la Metro produjo uno de sus films menos típicos y más socialmente comprometidos, en una tradición que se puede rastrear hasta películas como Dead End (1937) y que tenía ejemplos tan originales y recientes como Dino, estelarizada también por el emblemático Sal Mineo --sin olvidar, claro, el fresco y visceral impacto de Blackboard Jungle, del también kazaniano Richard Brooks, que empezó a borrar las insuficientes cuitas de Andy Hardy como el púber marcado en el ecran. Sin permanecer en el ángulo paternalista de Jungle --algo perfectamente aceptable, y compartido por films didácticos de valor como Boy with a Knife--, Crime in the Streets asume la postura (desgarbada, a lo Dean) de Rebel, pero esquivando holgadamente las bajuras éticas de tantas JD movies desde entonces, que no eran sino cine sensacionalista, de explotación.


En esta oportunidad, la realización corre a cargo de uno de los artistas más técnicamente prodigiosos del cine, Don Siegel, y en el reparto podemos encontrar a Mineo, Mark Rydell y a James Whitmore, el actor y profesor de actuación que alguna vez fue mentor de Dean --no como Lee Strasberg, que mucho menos enseñó nada a Brando. Haciendo su debut en el rol protagónico, John Cassavetes lleva a cabo una asombrosa interpretación rebosante de rabia y dolor adolescente, algo que de cierta manera (en su brandiana raigambre poética) prolongó en Edge of the City (1957), el debut directorial de Martin Ritt propiamente al estilo de On the Waterfront. Como el mejor actor de la historia --y es inevitable imaginarse lo que habría hecho su primer émulo, el inmortal Jimmy, en un personaje cortado a su medida-- bajo la dirección del inimitable maestro Kazan, Cassavetes logra acaso algunos de los momentos de sublimidad más humanos en una pieza dramática (escrita por Reginald Rose, el autor de Twelve Angry Men), guiada con pulso firme por el director de Dirty Harry y Charley Varrick, que se inscribe dentro de un subgénero privilegiado e irrepetible, cuyos orígenes están en el nacimiento mismo de la revolución actoral en el cinematógrafo, como podrán confirmar los lectores que (re)visiten la prueba de cámara de Brando para el proyecto Rebel Without a Cause rescatada en la última edición de A Streetcar Named Desire. 5/5

lunes, 10 de noviembre de 2014

Kazan, actor de cine: Blues in the Night (1941)


La otra película que el mejor director de actores en la historia del teatro y del cine estrenó como intérprete secundario, mientras seguía con el Group Theater y diez años antes de llevar su revolución del arte dramático al celuloide con A Streetcar Named Desire, fue este negro melodrama acerca de una banda de talentosos jazzistas en pos de sus sueños allá por los años de la Gran Depresión. Betty Field, una Ann Sheridan corrompida por Ann Savage, es la arpía que --oh sorpresa-- envolverá al moralmente sobrio líder (Richard Whorf) y a un antiguo amante fugitivo de la justicia (Lloyd Nolan en casi bogartesco desempeño) en un triángulo pasional de predecibles resultados, pero que, como en otras muestras del género --se nos viene a la mente la insuperable Possessed (1947), por ejemplo--, constituye una lúcida e implacable, directa y devastadoramente simple mirada sobre la esencia del amor romántico. Priscilla Lane es Character, la virginalmente atractiva cantante de la banda, casada con (y embarazada de) Jack Carson (¡!), el virtuoso trompetista. El joven y entusiasta Elia, en característico estado de exaltación, es el melómano estudiante de Leyes que idea la formación y proyecta sus triunfos, …y toca el clarinete tan satisfactoriamente como realiza su rol; pese a su mucho más prolongado tiempo y espacio en pantalla --todo un lujo para sus admiradores--, no obstante, todavía lo preferimos como el intenso, revanchista gangster de la también musical City for Conquest, aunque el intrigante film que acabamos de comentar, también de Anatole Litvak, en su más limitada ambición, sea acaso más equilibrado. No por nada Don Siegel echó una mano en la edición. 4/5