viernes, 16 de enero de 2015

Mis películas favoritas por estos primeros días del venturoso 2015

1.       American Gigolo (Paul Schrader, 1980)

2.    12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957)

3.    Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)

4.    The Karate Kid (John G. Avildsen, 1984)

5.    The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988)

sábado, 13 de diciembre de 2014

Tennessee Williams va al cine: Summer and Smoke (1961)


Una olvidada obra maestra, poseedora de casi --casi-- tanta profundidad y poesía como las gatas y los tranvías de su canónico autor, sirvió de base a esta recordada adaptación con Laurence Harvey en, acaso, su rol más emblemático --el Embajador del Miedo aparte. La relación de desencuentros entre el crápula heredero del médico local y una solitaria solterona (Geraldine Page, la Alexandra Del Lago de Sweet Bird of Youth, en otra profesional, aunque nada glamourosa, interpretación) ilustra el esotérico tema williamsiano del binario materia/espíritu mientras es alimentado por otros igual de recurrentes --y decadentes: la pérdida de la juventud, las segundas oportunidades que nunca llegan, la atracción de la virtud hacia lo efímero, el triunfo de la carne, la mortalidad del amor. La película consigue momentos de innegable belleza --la fotografía es de Charles Lang, DP en la esencial One-Eyed Jacks, del mismo año--, pero el guión es tedioso y estático a pesar de sus esfuerzos por “abrir” la pieza (¿dónde estaba el inimitable Kazan cuando necesitaban su consejo?), y la dirección ramplona y carente de imaginación (estaba en el set de Splendor in the Grass) --noten los brochazos caricaturales en el diseño de Rita Moreno, su basto progenitor y las consecuencias fatales de su “orgía romana” en general. No obstante, las tablas de Page, la figura de Harvey y, sobre todo, el arte de Williams hacen obligatorio su visionado.3/5

sábado, 22 de noviembre de 2014

Kazan, la adolescencia y el cine: Crime in the Streets (1956)


Durante el auge de las llamadas JD movies --las iniciales son por Juvenile Delinquents, pero perfectamente podrían serlo por Jimmy Dean-- gracias a Brando en The Wild One (1953) y, muy especialmente, el éxito y consagración definitiva de toda una sensibilidad generacional debidos a Rebel Without a Cause (1955) (realizada por Nicholas Ray, primer heredero de Elia Kazan), la Metro produjo uno de sus films menos típicos y más socialmente comprometidos, en una tradición que se puede rastrear hasta películas como Dead End (1937) y que tenía ejemplos tan originales y recientes como Dino, estelarizada también por el emblemático Sal Mineo --sin olvidar, claro, el fresco y visceral impacto de Blackboard Jungle, del también kazaniano Richard Brooks, que empezó a borrar las insuficientes cuitas de Andy Hardy como el púber marcado en el ecran. Sin permanecer en el ángulo paternalista de Jungle --algo perfectamente aceptable, y compartido por films didácticos de valor como Boy with a Knife--, Crime in the Streets asume la postura (desgarbada, a lo Dean) de Rebel, pero esquivando holgadamente las bajuras éticas de tantas JD movies desde entonces, que no eran sino cine sensacionalista, de explotación.


En esta oportunidad, la realización corre a cargo de uno de los artistas más técnicamente prodigiosos del cine, Don Siegel, y en el reparto podemos encontrar a Mineo, Mark Rydell y a James Whitmore, el actor y profesor de actuación que alguna vez fue mentor de Dean --no como Lee Strasberg, que mucho menos enseñó nada a Brando. Haciendo su debut en el rol protagónico, John Cassavetes lleva a cabo una asombrosa interpretación rebosante de rabia y dolor adolescente, algo que de cierta manera (en su brandiana raigambre poética) prolongó en Edge of the City (1957), el debut directorial de Martin Ritt propiamente al estilo de On the Waterfront. Como el mejor actor de la historia --y es inevitable imaginarse lo que habría hecho su primer émulo, el inmortal Jimmy, en un personaje cortado a su medida-- bajo la dirección del inimitable maestro Kazan, Cassavetes logra acaso algunos de los momentos de sublimidad más humanos en una pieza dramática (escrita por Reginald Rose, el autor de Twelve Angry Men), guiada con pulso firme por el director de Dirty Harry y Charley Varrick, que se inscribe dentro de un subgénero privilegiado e irrepetible, cuyos orígenes están en el nacimiento mismo de la revolución actoral en el cinematógrafo, como podrán confirmar los lectores que (re)visiten la prueba de cámara de Brando para el proyecto Rebel Without a Cause rescatada en la última edición de A Streetcar Named Desire. 5/5

lunes, 10 de noviembre de 2014

Kazan, actor de cine: Blues in the Night (1941)


La otra película que el mejor director de actores en la historia del teatro y del cine estrenó como intérprete secundario, mientras seguía con el Group Theater y diez años antes de llevar su revolución del arte dramático al celuloide con A Streetcar Named Desire, fue este negro melodrama acerca de una banda de talentosos jazzistas en pos de sus sueños allá por los años de la Gran Depresión. Betty Field, una Ann Sheridan corrompida por Ann Savage, es la arpía que --oh sorpresa-- envolverá al moralmente sobrio líder (Richard Whorf) y a un antiguo amante fugitivo de la justicia (Lloyd Nolan en casi bogartesco desempeño) en un triángulo pasional de predecibles resultados, pero que, como en otras muestras del género --se nos viene a la mente la insuperable Possessed (1947), por ejemplo--, constituye una lúcida e implacable, directa y devastadoramente simple mirada sobre la esencia del amor romántico. Priscilla Lane es Character, la virginalmente atractiva cantante de la banda, casada con (y embarazada de) Jack Carson (¡!), el virtuoso trompetista. El joven y entusiasta Elia, en característico estado de exaltación, es el melómano estudiante de Leyes que idea la formación y proyecta sus triunfos, …y toca el clarinete tan satisfactoriamente como realiza su rol; pese a su mucho más prolongado tiempo y espacio en pantalla --todo un lujo para sus admiradores--, no obstante, todavía lo preferimos como el intenso, revanchista gangster de la también musical City for Conquest, aunque el intrigante film que acabamos de comentar, también de Anatole Litvak, en su más limitada ambición, sea acaso más equilibrado. No por nada Don Siegel echó una mano en la edición. 4/5

miércoles, 15 de octubre de 2014

Robin forever


In memoriam

Como a muchos, la muerte de Robin Williams me golpeó tan duramente que, desde su anuncio, hasta hace poco no pude verlo en una película de nuevo, como quien se encuentra otra vez con un amigo entrañable a quien siempre se extraña. Advierto que aún me es difícil escribir líneas tan simples como éstas, pero no quería dejar mi blog sin ningún homenaje debido, por más tardío que pueda ser, aparte de su reciente rebautizo: The Fisher King es, sencillamente, una de las grandes.


Robin fue el primer actor de cine que hice un héroe mío, allá cuando empezaba a darme cuenta de que no solamente los libros o la música me ofrecían la posibilidad de resolver una identidad, una intimidad existencial. Fue precisamente a través de su segundo filme como protagonista, la adaptación que George Roy Hill realizara de la novela de John Irving The World According to Garp, que asumí una cinefilia militante y solitaria. Garp, el ambicioso escritor que empezaba a explorar las fuentes más vitales y menos presentables de su prosa, fue, inmediatamente, otro yo. Robin, con su inevitable calidez y honesta complejidad, era, mientras duraba el metraje y cuando lo repasaba en mi memoria, aquel hermano que nunca tuve.


Llama la atención lo relacionado que está Robin Williams con la literatura. En Patch Adams vuelve a dialogar con Walt Whitman, e inclusive muchos años antes hizo una película titulada, prácticamente, Carpe diem: Seize the Day (1986). Lo cierto es que el Oscar que finalmente obtuvo como Actor de Reparto por su brillantísimo Sean Maguire en Good Will Hunting no fue, ni de lejos, su primera estatuilla de la Academia. O Captain! My Captain!


Patch Adams (1998), la generosa cinta dirigida por Tom Shadyac, es algo que tiene que verse para comprender por qué tanta gente alrededor de todo el mundo continúa en luto por la partida de su inmortal estrella. Por qué el declarado amor y no solamente la admiración ilimitada. Sólo había un actor capaz de interpretar esta historia de un médico decidido a revolucionar su profesión mediante la risa. En su aspecto de clara metáfora sobre el propio Robin Williams, es bastante ardua de ver; ya no hablemos de lo que supone, literalmente, la presencia de este verdadero médico del mundo, que ayudó a tanta gente gracias a su don personal, en una trama que lo identifica tan innegablemente con su personaje en los aspectos más dramáticos y obscuros. Por supuesto, la tragedia se desliza en esta “historia real”. La vida es lo que es, y alguien irrepetible como Robin Williams aun falleció para que aprendamos a valorar sus momentos más preciados. Te fuiste para quedarte, Robin.

martes, 30 de septiembre de 2014

Septiembre 30, 1955


En 1953, un Brando rotundamente icónico arremetía contra el moralismo norteamericano y occidental con toda la intensidad de su legendario balbuceo. “Whadda you got” era la única respuesta del protagonista de The Wild One a la pregunta de contra qué se rebelaba.


Sólo meses después, un estudiante de la Universidad de California que físicamente se le asemejaba, Corey Allen, contestaba la inquisición que se le hacía con una frase de parigual contundencia: “You gotta do something, don’t you?”. Sólo que la situación era totalmente otra. El amistoso inquisidor era el alter ego de Brando en Rebel Without a Cause. Era Jimmy Dean.

Dean en el camerino de Geraldine Page

Ríos fugitivos de tinta sería una frase trilladísima, pero es lo que ha corrido durante casi sesenta años acerca de la obra romántica del director Nicholas Ray y su estrella. Y no todo ha poseído un cariz puramente positivo. Que Dean no es el verdadero rebelde en la película, que el estilo maniqueo de Ray intenta emular al complejo de Kazan con resultados desiguales, que la cinta no tiene una importancia intrínsecamente cinematográfica sino que posee el indudable don de la circunstancia histórica oportunamente asimilada, que Dean desea ser Brando pero ni se le acerca. Lo cierto es que sólo el cine hecho con talento más que considerable puede suscitar tanta discusión aún después de medio siglo.


La trama de Rebel Without a Cause no es lo de menos, por supuesto, pero, como sucede con las demás grandes piezas del todavía joven Séptimo Arte, su actual impacto es producto de la sensibilidad con que están plasmados sus temas. El carácter arquetípico de ciertas escenas, tales como la de la pelea con navajas en el Planetario o la simplemente prodigiosa de la carrera de autos robados, se mezcla con elementos no completamente desarrollados sino más bien apuntados, que sin embargo así recargan a la película de exuberancia pasional: el homoerotismo que subyace en la relación entre Dean y el personaje de Sal Mineo, y aun en el intercambio hostil entre Dean y Allen; el complejo de Electra (la confundida Natalie Wood y William Hopper como su padre); la naturaleza misteriosa de la problemática humana en general, adolescente en particular, filosóficamente existencial y espléndidamente señalada en la escena al interior del Planetario.


No puedo dejar de mencionar, en este brevísimo homenaje, los contenidos que ironizan un poco sobre el ascendiente de Brando en la cultura juvenil de la época. Cuando Allen aparece por primera vez, clama por su chica al grito de “Stella!!!”, el estridente emblema verbal de A Streetcar Named Desire. Dean, a su vez, se muestra como una alternativa a la hegemonía del intransigentemente rudo divo, siendo él la víctima de los atropellos de una pandilla delincuencial como la que asolaba el pueblo de The Wild One.


Como todos sabemos, la alternativa prosperó y Dean heredó el trono de Brando e incluso lo superó en cierta medida, pues su prematura muerte sólo confirmó su influjo socio-cultural. Así lo demuestra el éxito universal de Rebel Without a Cause, una imperecedera obra de arte, un título que se halla en plena vigencia.

sábado, 19 de julio de 2014

Las (grandes) películas de Tim Burton: Beetlejuice (1988)

Move on, Wednesday Addams: Lydia Deetz, la original Goth child de los ‘80

Después de abandonar su trabajo como animador de Disney, el éxito de Pee-wee’s Big Adventure (1985) --filme en el cual Burton ya ensayó los colores pastel del paisaje suburbano que harían explosión en la imprescindible Edward Scissorhands (1990)-- lo animó a embarcarse en un proyecto más personal. Éste sería, por supuesto, un retorno en toda regla al espíritu genuino que concibió su debut en las salas y primera obra maestra, el cortometraje Vincent, en 1982, y la igualmente antológica Frankenweenie de 1984. Así, la historia de una pareja de esposos recientemente fallecidos que, fantasmas inexpertos, desean expulsar de su enorme vivienda a los nuevos propietarios, se convertirá en el mejor pretexto para seguir fundando una imaginería fabulosa como pocas, sólo comparable a la de su contemporáneo David Lynch en abisal profundidad (atiéndase, por otro lado, al pesadillesco gusano que, más allá de la natural referencia a Poe, encuentra cierto retrospectivo eco en Dune, de 1984). 

En el rol del estrambótico y calenturiento Betelgeuse, el hoy injustamente relegado Michael Keaton se muestra como uno de los comediantes más notables de su época; así como la entonces pequeña gran Winona Ryder confirma su versátil preeminencia gracias a títulos como Heathers (a estrenarse un año más tarde en los Estados Unidos) y Great Balls of Fire! (1989), y hace de su melancólico personaje la encarnación misma de una sensibilidad que, fuera de la pantalla (lejos de su imagen y del arte burtoniano), ha degenerado hasta devenir superficial contraste entre velos funéreos y poe-tico maquillaje, máscara japonesa de Siouxsie Sioux-fangirl y noche de Jack Skellington descastada entre mil. Inolvidables escenas --la influencia del expresionista Das Cabinet des Dr. Caligari (1920) es clarividente, como lo será la de Beetlejuice en todo el cine gótico post-Burton, incluidos el nuevo Frankenweenie animado en 3-D y la versión extendida del concepto a la The Addams Family o, más bien, The Munsters que aquí se deja abocetado: la, inspirada en material asimismo televisivo, discutible pero honesta Dark Shadows, del propio realizador-- y un nada menos que formidable uso de la música (Harry Belafonte y Danny Elfman en inefable combinación) confinan a esta clásica fantasía macabra de corazón luminoso en el panteón que con estas líneas empezamos a visitar. 

(En 1989, Burton produjo una teleserie de dibujos que vale la pena recuperar, tres de cuyos episodios se encuentran en el Blu-ray del filme; en ella, curiosamente, los protagonistas han cobrado trazos distintos: en Lydia enfatizan una palidez mortal que se vería nuevamente en Corpse Bride (2005), y los rasgos groseros subrayados por Keaton han cedido a un retrato, curiosamente, más nítidamente espeluznante si cabe, al menos en alguna ocasión, del desaliñado fantasma en este show, aparentemente dirigido a una audiencia infantil, que lo empareja castamente con la ojeruda niña.) *****/*****