jueves, 16 de julio de 2015

Qué grande es Hollywood: Gold Diggers of 1933

Joan: "Remember My Forgotten Man"

Un iluso empresario, a quien siempre cierran el local de ensayos antes de siquiera los previews, se empeña en montar el espectáculo de revista más atractivo de todos en plena Gran Depresión: una obra realista acerca de, precisamente, la Gran Depresión. Con esta premisa básica, la realización de Mervyn LeRoy y las coreografías de Busby Berkeley, el guión de Erwin S. Gelsey y James Seymour, y la edición de George Amy, y, antes que nada, la abrumadora belleza de Ginger Rogers, Joan Blondell, Ruby Keeler y todas y cada una de las chicas Berkeley (fotografiadas con entusiasmo desbordante hasta lo posesorio, como en el extreme close-up de Rogers durante el legendario "We’re in the Money", por Sol Polito), la plácidamente reivindicable Gold Diggers of 1933 es todavía una de las cintas más deliciosas y perfectas de la historia del cinematógrafo en cualquier género y variedad temática: musical, romance, comedia, o el mismo metalenguaje --en una “cheap and vulgar” movie que, como la hermosísima Carol que interpreta la sensacional Blondell, explica la naturaleza artificial de la ficción en su contradictoria ironía. 5/5

Er'way in-hay the oney-may/ Er'way ot-gay a-lay ot-lay of-way/ Ut-way it-way akes-tay o-tay et-gay a-lay-ong-lay

lunes, 29 de junio de 2015

Mis libros de cine favoritos en esta temporada

1. Leído en 2007, en su edición original. Todavía la lectura que más me ha satisfecho. 5/5

2. El mejor libro de no-ficción que leí (y en su edición original) en 2013. Un libro de estilo apropiadamente poético, bastante perfecto, aunque todavía no estoy seguro de quién le rompió la nariz a Brando --¿se sabrá alguna vez? 5/5

3. Fundamental para conocer la actitud del autor de American Gigolo ante las imágenes de celuloide. Leído en 2015, en edición traducida. 5/5

4. También leído el presente año, en su edición original. A diferencia de Schrader y su fascinante rigor académico, Biskind no explora todo lo que uno quisiera en un proyecto que requiere exhaustividad, y sus opiniones personales son a menudo muy discutibles. Pero aunque no se trata de la declaración definitiva sobre el Nuevo Hollywood --como algunos podrían pensar, erróneamente--, es una crónica de inevitable encanto. 4/5

5. Vadim, cineasta y bon vivant extraordinaire, se llevó dos tercios de su secreto como amante de lo bello a la tumba. Estas memorias demuestran además su pluma ágil y elegante, y una nada sorprendente facilidad para la observación profunda y la reflexión vibrante e inusitada. Leído en 2015, en traducción. 4/5

Mención honrosa: Al libro de Tucker le falta rigor, e incluso contiene ciertas erratas precisas (como la de confundir dos películas inconfundibles de Jimmy Cagney). Pero, por supuesto, su tema es embriagador, y se esfuerza por cubrir todos los frentes otorgándoles más equilibradamente lo que les corresponde en justicia, a diferencia del libro de Biskind. Leído en 2013, en su edición original. 4/5

domingo, 14 de junio de 2015

Arte o incompetencia: The Brown Bunny (2003)


La obra más controvertida del peculiar Vincent Gallo basa su originalidad, lícitamente, en una serie de referentes del cine americano e internacional: hay quienes mencionaron Two-Lane Blacktop (1971), nosotros aún recordamos Teorema (1968) (el emblemático “Tears for Dolphy” del soundtrack no es ninguna coincidencia), Bobby Deerfield (1977), las producciones de Andy Warhol. Pero originalidad no siempre significa efectividad, solvencia artística. The Brown Bunny es una road movie bastante aburrida si no se le presta una atención aplicada, y puede servir como diligente somnífero si se está falto de apropiado descanso… Sin embargo, con todo y que no deja de ser en algún sentido una pieza frustrante por lo que posee de potencial para haber sido algo más --aunque en ese caso probablemente estaríamos discutiendo un film muy distinto--, Gallo narra en ella una historia deshilvanada a la vez que indeciblemente trágica, con un protagonista que vive desde dentro una evolución invisible para el espectador externo, a quien la sorpresa del final revela no solamente el mecanismo anticonvencional del relato sino también sus propias, individuales “limitaciones” (si se quiere llamarlas así) a la hora de aproximarse a las imágenes de la contemporaneidad en la pantalla.


Tal es que, con harta facilidad, el art film de nuestro comentario exaspera a una audiencia que no ve el momento de que concluya, y además atiza su curiosidad respecto de la infame escena por la cual (si es del género masculino, con mucha probabilidad) decidió echarle un vistazo. Irónicamente, y acaso alguna porción de la platea llega a ser consciente de ello, el acto sexual documentado --una felación practicada por el personaje de la actriz Chloe Sevigny-- es menos pornográfico que legitimador de un estilo ajeno a las expectativas comerciales.




No obstante, en medio de su montaje extremadamente laxo y su voluntad marginal --subrayados por la vocación underground de su ejecución minimalista--, The Brown Bunny ofrece insulares momentos de una belleza iluminadora, arrebatadora, incuestionable aun (o debería serlo, creemos) para los reticentes a sumergirse en la aparente inercia vacía de su trama o para los no iniciados en una actitud provocadora que va de la aprobada Buffalo ‘66 (1998) a los servicios carnales propuestos en una página web. El cineasta no sólo se descubre como un artista audiovisual en esas felices combinaciones de música y fotografía que producen asociaciones íntimas de lo más insólitas y personales en lo profundo del espectador (que todavía sigue viendo la película), sino que también las viñetas existenciales que describen el periplo de su alter ego poseen una cualidad mágica posiblemente extraviada en el tono hermético del relato, hasta que el intenso remate del film se acerca a una cierta reivindicación de su expresividad, aun de su característica global de inconexión.


Porque eso es de lo que el individualista trabajo de Gallo (director, editor, guionista, estrella, camarógrafo, etc.) trata: la irreversible soledad de un individuo golpeado bajo por la vida, que se reconoce a sí mismo en otros seres (fantasías afectivas y fantasmas del pasado incluidos) e intenta conectar con ellos, así como el espectador con él; aunque, como la existencia sin sentido que respira en cada secuencia, estamos ante una desesperación que lo retiene alejado de los demás tanto como nos sugiere que la tragedia del mundo es una experiencia compartida por todos. De cualquier manera, el retrato del héroe afligido de The Brown Bunny --Bud Clay, un corredor de motociclismo en ruta a través de los Estados Unidos hacia otra competición, aunque esto sea tan significativo como el inmanente descosido de su único blue jean--, con lo egocéntrico/narcisista que tiene todo el derecho de ser, nos mantiene a una distancia tan insalvable de su propia interioridad, que cualquier pepita de oro encontrada durante el trayecto es casi mejor considerada después de una experiencia cinematográfica marcada por una cierta pasiva agresividad. Se trata de un objeto depresivo y deprimente que persigue al espectador por días, pegado a sus talones. (La calificación tentativa de 2/5 que le di al cabo de verla, hace una semana, debe ser ahora un 2.5/5, más justo, creo, respecto de las concomitancias señaladas en el presente artículo.)

viernes, 17 de abril de 2015

Héroes del silencio: Emil Jannings (y F. W. Murnau y Karl Freund) en Der letzte Mann (1924)


La cámara prodigiosa de Karl Freund y el aliento poético de F. W. Murnau al servicio --si acaso involuntariamente-- del lucimiento absoluto de las dotes histriónicas del titán de las pantallas germanas, Emil Jannings, en uno de los trabajos actorales de más hondura y peso dramático de que se precia la historia del cinema. Con hipnótica presencia y desenvuelta sutileza, Jannings (entonces de sólo 45 años) encarna al orgulloso portero de un hotel de lujo que, de la noche a la mañana, y debido a su avanzada edad, es casi despedido para ser enviado más bien a limpiar las letrinas y asistir a sus usuarios. El virtualmente militar uniforme de portero, con sus grandes hombreras y brillantes botones, será una sombra del héroe, una protagonista inanimada que, como un emblema pero también como una crisálida, señalará el cambio, el instante de la tragedia que así remata, cual agónica letanía, la más ordinaria e ilusa de las vidas… ¿O no? Se trata de un patetismo bordado en oro, como un puente entre dos orillas, en una labor que además nos legó al inolvidable Profesor Unrat de Der blaue Engel (1930) y al oficial en decadencia de The Last Command (1928) --en ambas, significativamente, Jannings fue dirigido por Josef von Sternberg, creador no de la presencia umbría de Nosferatu pero sí de la tentación carnosa de Lola Lola: Marlene Dietrich. 5/5

sábado, 7 de marzo de 2015

Héroes del silencio: Safety Last! (1923)


Más que mera comedia física, la que solían practicar genios silentes como Buster Keaton debería ser puntualmente llamada comedia atlética; por ejemplo, en Seven Chances (1925), una virtual reedición extendida de su insuperable Cops (1922), el archirival de Charlie Chaplin brinca a través de locuaces abismos y huye de la codiciosa fauna femenina de todo un pueblo con la capacidad y concentración de un sobrehumano corredor de fondo. Menos expresivo que el inescrutable Keaton en su ordinario candor de all-American boy, Harold Lloyd no puede ser subestimado, como lo demuestra su ejercicio de comedia atlética emblemático, no por nada intitulado en español El hombre mosca. Persiguiendo un soñado porvenir, Harold tendrá la fortuita oportunidad de escalar la fachada del edificio de departamentos en el cual trabaja como un simple ayudante de mostrador y de esta manera convertir en realidad el simulacro de éxito con que ha persuadido a su definitivamente ingenua y poco menos que adorable novia (Mildred Davis, the Lloyd Girl). La histórica escena del héroe pendiendo frágilmente de un reloj es sólo el momento culminante de un film tocado por la intemporalidad exclusiva de los clásicos.

viernes, 6 de febrero de 2015

Sobre lo interior: La buena estrella (1997)


El sutilmente prodigioso filme de Ricardo Franco se abre como lo hacía La semana del asesino (1973): con el espeluznante escenario de una matanza o matadero de reses; pero pronto se desviará de cualquier tópico macabro --aunque la reivindicable obra de Eloy de la Iglesia trazaba así una genial parábola de la maldad-- tratado superficialmente (i.e., ¿por qué me va a interesar una película cuyos sufridos personajes muestran tamaña indiferencia ante la injusticia cometida contra esas inocentes criaturas?, no importa si yo mismo me embuto un seco de cabrito un día sí y otro también) ya que éste es el camino que suelen transitar las películas inspiradas en los más abismales posos de la insensibilidad humana. Más bien, después de que llegamos a un cierto punto, acertamos en adivinar que La buena estrella es sobre todo un drama interior, en el cual los tres protagonistas no podrán evitar enseñarnos de qué están hechos en todas sus aristas y dimensiones.


Por esto, la tragedia quieta, estoica, pero visceralmente desgarrada, como una vaca en un matadero, del noble carnicero Rafa (Antonio Resines), la prostituta tuerta Marina (Maribel Verdú) y el singularmente encantador pandillero Dani (Jordi Mollà), los ángulos indispensables de un ménage à trois tan impensable como revelador, logra dar en el blanco de todas las regiones a que apunta: la compasión, la solidaridad y la fe del espectador, entre ellas. Al cabo de una experiencia vital, lo sentimos, durante la cual hemos estado tan cerca de estos personajes, de estas personas, virtualmente, que hemos podido descubrir en ellos aquellas precisas cosas nebulosas que nos provocan aun pavor e inusitada admiración en nosotros mismos, que los hemos conocido y llegado a querer como a poca gente de la realidad circundante, recordamos por qué el cine es un arte infrecuente capaz de sumar más humanidad a la que poseemos y, encima, una privilegiada consciencia de ella. La buena estrella es una película de técnica sobria y espíritu superior que mira con objetividad resignada la manera terrible y natural, suave y conflictiva en que la noche y el día procrean, en su inextricable devenir circular, el mundo. 5/5


viernes, 16 de enero de 2015

Mis películas favoritas por estos primeros días del venturoso 2015

1.       American Gigolo (Paul Schrader, 1980)

2.    12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957)

3.    Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)

4.    The Karate Kid (John G. Avildsen, 1984)

5.    The Last Temptation of Christ (Martin Scorsese, 1988)